Vetusta Morla, más sombras que luces en Bilbao

Vetusta Morla en el Palau Sant Jordi (Foto: Iván Gil)

Soy periodista de formación y por vocación. Trabajé durante más de una década en una redacción importante, deportiva, pero importante. Y nunca, nunca, me gustaron los servilismos del periodismo. Ese miedo a denunciar o criticar no vaya a ser que no nos acrediten nunca más o, peor, no nos den una entrevista. El periodismo, a mi entender, dista mucho de todo eso. Para hablar solo de lo bueno ya existen los reportajes publicitarios. Y los comunicados de prensa de las agencias, clubes… y grupos de música.

Sí, los grupos de música también. Os cuento todo esto para llegar a dónde quería llegar. Las bandas, el periodismo musical y la falta de crítica en la mayoría de crónicas y reportajes que leo. Es cierto que lo que me gusta a mí puede no gustarle al periodista que está a mi lado y viceversa. La música y la cultura son, por lo general, totalmente subjetivos. Pero todos sabemos cuando un concierto no suena bien o cuando la química sobre el escenario no existe. También cuando alguien está de dulce o sublime y cuando las cosas se hacen mal como, por ejemplo, Vetusta Morla este pasado sábado en Bilbao. Pero, normalmente, las emisoras de radio pinchan las canciones de esos grupos amigos aun sabiendo que esa canción o disco es bastante infumable o decimos que todo ha ido bien obviando desastres y cosas que no. ¿Por miedo? ¿Por amistad? ¿Por seguir teniendo acceso a ellos? No lo sé, pero este servilismo periodístico me recuerda a esa amistad mal entendida, esa en la que solo quieres que te digan lo que quieres escuchar. Y tanto la amistad como el periodismo creo que no van de eso.

Vetusta Morla no estuvo a la altura en Bilbao. Hay que decirlo y no pasa nada. Lo han estado en el 99% de las ocasiones anteriores. No les resta ni talento ni valor musical, pero lo vivido el sábado en la explanada del Guggenheim no tiene nombre. No me considero sospechosa de nada con ellos. Son uno de mis grupos favoritos. Seguramente al que más haya ido a ver en mi vida después de Love of Lesbian. Unas 15 veces si no me he descontado. Me gustan. Mucho. Los prefiero en salas pequeñas, eso sí. O medianas. Pero no en multitudes, sobretodo si cuentan con la nefasta organización de Last Tour porque lo que pasó en Bilbao no tiene otro calificativo. Me arriesgo a no obtener más acreditaciones de la organización. Me da igual. En Bilbao se saltaron todas las normas de seguridad, vendieron más entradas, dejaron a gente con entrada fuera del recinto por exceso de aforo y levantaron los controles de entrada para agilizar las colas de más de un kilómetro que se produjeron por culpa de una pésima planificación. No puedes dar acceso a 8.000 o 9.000 personas por el lateral del escenario. Así se crean las ratoneras. Tampoco organizar un concierto multitudinario sin salidas de emergencia.

No todo vale. Personalmente, no tuve más remedio que escuchar el concierto. Solo eso. Mis vistas no eran las de Pucho y el resto de la banda, sino las lonas laterales del escenario. Y, como yo, muchos que poco a poco fueron optando por abandonar el concierto a medias. No dejó de irse gente. Hubo abucheos y pitos, dolorosos, pero merecidos por las condiciones en las que una parte importante de los asistentes nos encontrábamos. El concierto se retrasó media hora. Se pidió desde el escenario que la gente que había tenido la suerte de entrar pronto se desplazara hacia el fondo y laterales. ¿Alguien iba a hacerles caso? No. Ni vosotros ni yo lo habríamos hecho. Perder tu buen sitio para ubicarte por detrás de las barras de bebida o los lavabos móviles. No. Y Vetusta Morla, que seguramente eran ajenos a gran parte de los problemas, salieron, con retraso, pero como si nada. Las disculpas, por el retraso, no por la gente que no podía verles ni entrar, llegaron a la cuarta canción. Tarde. Mal.

Gestionar una crisis así es complicado. A nivel de comunicación, pero también a nivel de decisiones. Si había más gente de la que tocaba – la organización dice que no, pero dejar fuera a gente con entrada parece indicar lo contrario-, si la entrada -por el lateral del escenario- se estaba convirtiendo en una ratonera… ¿No habría sido mejor aplazar el concierto? Se habría enfadado mucha gente, sí, pero se podría haber movido de fecha y, sobretodo, de recinto un concierto que el sábado no era seguro. Bien explicado y con la posibilidad de reclamar el retorno de la entrada se habría aceptado. Nadie quiere estar en un sitio que no es seguro. Y os aseguro que aquello no lo era. Nunca suele pasar nada, pero si pasa… ahora nos estaríamos lamentando y mucho.

¿Por qué cuesta tanto ser valiente y tomar decisiones impopulares? No faltó cierto pique en redes sociales entre los que denunciaban lo sucedido y los que, pase lo que pase, defenderán a ultranza todo lo que haga Vetusta Morla o cualquier grupo o persona que admiren. La crítica constructiva no es algo que se lleve bien en este país. Se confunde con atacar y denunciar lo que sucedió no hace que me gusten más o menos Vetusta Morla. Su música va por otro lado, pero la organización de sus conciertos, de la que son en parte responsables, fue nefasta y no estuvo a la altura. Y eso es así le pese a quien le pese. No todo vale, repito. Ni para ellos ni para los organizadores, que emitieron un comunicado lleno de falsedades y sin un mea culpa. Nada sorprendente, por otro lado.

Vetusta Morla no se merece una organización así. Last Tour no veló por la seguridad de sus seguidores y, por tanto, tampoco por el grupo y su prestigio. Velaron solo por sus intereses económicos. Más gente, más dinero. Y ya. Ser grande no es solo cuestión de tamaño y aforo. Last Tour fastidió, y mucho, el concierto. Vi salir a gente muy indignada. Yo lo estaba. Aun así, y como una cosa no quita la otra, acabé emocionándome con Los Días Raros y salté con algunos de los clásicos, los únicos que fueron capaces de levantar el ánimo de todos los presentes. No fue el mejor concierto de la banda. Ni del público. Faltó calor y conexión. Y sonido, pero eso ya nada tiene que ver con lo sucedido antes del concierto.

Sonaron flojos y algo distorsionados. Faltaban instrumentos en la mezcla de sonido o, por lo menos, se escuchaban muy poco. Pero eso ya entraría en la opinión personal. También me sucedió en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Son gustos y sensaciones musicales. No hechos objetivos que pasaron y que muchos han querido negar u obviar. Vetusta Morla, pero sobretodo sus fans, no se merecen que vuelva a suceder algo así. La música es mágica cuando hay química y confianza entre banda y público y, para muchos, eso se rompió en Bilbao. Vetusta Morla necesita problemas de este tipo. Son grandes por lo que hacen y, situaciones como las del sábado, les restan luz.

Escrito por

Periodista y alma viajera. Me gusta el movimiento y no entiendo la vida sin música. Conciertos y viajes son mis placeres culpables

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *